La piel de los héroes

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Horacio  Almenara Moral @H_AlmenaraMoral

Naces, aprendes a caminar, tropiezas, lloras, porque los golpes duelen. Te levantas, aprendes, se escapan tus primeras palabras, para tus padres tú eres su meta, y esa es tu primera meta, sin saberlo, ser el ojito derecho de mamá y el orgullo de papá. Aprender a sumar, a correr, a leer y empezar a querer ser mayor.

El tiempo no se detiene, y empiezas a aficionarte, a ir y volver de cualquier sitio pensando en una misma cosa. Es tu meta, el lazo que te une a cualquier cosa, la inspiración a los juguetes que más te divierten, el motivo de los primeros disgustos.

Empiezas a querer ser mayor de otra manera, queriendo ser mayor para demostrarle al mundo lo mayor que eres, y eso que eres un niño, que apenas tienes idea de lo que es el mundo. Porque uno no sabe lo que es algo hasta que no es capaz de definirlo, y tú sólo has aprendido a definir algo; lo que ansías y quieres, lo que te quita el sueño porque es tu sueño, lo que te impulsa para llegar más alto, más lejos y más rápido.

Tienes tus primeros recuerdos, tu primer ídolo, tu primera competición, y ni eres consciente de ello, porque hace tres días estabas en Primaria. El tiempo no se detiene, pero a menudo parece que se para a darte un respiro, a empezar a tomar perspectiva. Cambias los sueños de tu infancia por un objetivo, una fuerza que te motiva a luchar contra tus limitaciones, contra viento y marea, o contra una mala pista.

Aparece la mala fortuna, la primera torcedura de tobillo, la primera frustración, el primer berrinche porque tus padres no entienden que algo con tan poco futuro como el deporte a ti te desvele. El primer desvelo por compaginar día de competición con día de examen, la primera victoria, y claro, la primera derrota. Y vendrán cientas, y lo has asumido, y una vez conseguido eso, se completa una etapa, y no te das cuenta, pero quizás, si la vida no te da la espalda, todo llegará a buen puerto, porque por tu voluntad, no fallará el empeño.

La primera renuncia a un capricho, el descubrimiento de la palabra entrenamiento y rutina, el duro aprendizaje de que el talento sin sudor, la fuerza sin interés y la inteligencia sin modestia sólo llevan a caminos perdidos. Vuelve a doler, duelen las rodillas, duelen los dedos, duele hasta el alma, pero vale la pena si se avanza, si se crece, si no te das cuenta de que tomas unos valores ajenos como propios, y quienes te ven desde fuera, empiezan a pensar que tal vez incluso llegues a ser digno de admirar.

Y si antes le hubieses dado importancia a lo anterior, ahora es algo secundario, estás tú contra ti mismo, la meta no es llegar, la meta es no cejar en el empeño de avanzar, mientras te descubres, y parece que renuncias, y puedes flaquear, porque vendrán las vacas flacas, pero eliges luchar, elegiste hace tiempo ese camino, y los golpes que te de la vida los multiplicas y son tu mayor fortaleza.

Ya te crees un adulto, aunque no eres más que un chaval, pero compites por metas enormes, y eso te da alas para tomarte un respiro entre tanta vida marcial. Sigues siendo un buen chico, un sueño envuelto en voluntad, tus padres ya no combaten contra ti, sino que a tu lado, y aquello que podía parecer imposible, ahora sólo es algo que requiere un segundo más de valor, un momento más de saber sufrir.

Y ahí estás, compitiendo contra otro chaval, como tú, tan sonriente, un buen amigo, en este momento, y quizás dentro de unos años, ¿acaso la competición ciega la bondad? El deporte es eso, competir, pero sin matar, un golpe de seda, una continua mejora de uno mismo, impulsado por las mejoras del rival. ¿Qué sería del espíritu de un chico sin el espíritu de otro que se le oponga?  Poco, quizás.

La gloria está reservada para los más grandes, porque no es más que la esencia de los grandes que vinieron antes de lo que están por llegar. Lo sabes, ahora tienes la certeza de que no salir en seis meses por tener que entrenar no sólo vale la pena, sino que es lo que te hace feliz.

Ganas, empiezas a hacer del ganar tu rutina, y descubres que ahora es cuando más debes apretar los dientes, que si ganando puedes hacer más y no lo haces, te quedas en la mediocridad. Y eso no lo tolerarías, ha habido mucho sufrimiento antes como para permitir cualquier atisbo de normalidad o de rendición.

Compites contra más y mejores, contra gente superior a ti, y contra inferiores que luchan por llegar a donde tú estás, eres uno entre un millón, pero de cada millón, uno debe ser el primero, ¿y por qué no ibas a serlo tú? Ese es el motivo, de nuevo, la meta, la vida vivida con intensidad.

Aprendes más y más, y olvidas lo que significa soberbia, lo que suponía una derrota amarga o la mezquindad de no apreciar lo que puede aportarte un rival. El camino es tan empinado como siempre, pero las alas ya están completamente desarrolladas.

Apenas gateabas cuando trataste de dar tu primera carrera, y apenas unos años después, el deporte es poco menos que esa primera palabra o ese aprobado inesperado, es la felicidad.

Y ganas un campeonato regional, y perderás dos por que puede ocurrir, y porque te sirven como última lección de humildad, y luego un triunfo nacional. Y ya te da igual lo que venga, la satisfacción del deber cumplido, aún más, de sentirse realizado, es impagable.

Pero la gloria está reservada para unos pocos, y para estos, desde que nacen, está destinada aunque hayan recibido golpes. Y llegas a unos Juegos Olímpicos, y aunque exista presión, tú sabes que estás ahí por motivos que los demás no conocen, y te da igual salir derrotado pronto o llegar a lo más alto, pero claro…

Está ganar, el verbo que es aire para tus alas, que usas para cambiar el sueño por más voluntad. Y ganas, por encima de cualquier adversidad, y te acuerdas de una cosa. Eres humano, y tras el oro, el alma te pide un descanso. Pero ya no eres el mismo, ahora eres un héroe…aunque tú ya sabías que lo eras desde antes de llegar a lo más alto.

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